Si eres de la Ciudad de México y escuchas a un guerrerense decir que alguien está "arrecho" , quizá te quedes con cara de "y eso qué significa", pero aquí estoy para reverlarte a lo que alude. Y se refiere a que alguien, no importa si es mujer u hombre, tiene ganas de tener intimidad con otra persona. Confieso que las primeras veces que escuché esta palabra, no sabía a qué aludía, pero en las caras de las mujeres que la decían notaba una mirada pícara. Vaya, algunas hasta soltaban la risa. Por el contexto entendí la alusión al deseo de intimar con otra persona. Ahora, con más de 25 años en estas tierras del sur de México, ya se me hizo normal escuchar esta palabra, que no es una palabrota porque haga alusión al deseo sexual de alguien; podría decirse que es parte de la cultura costeña.
En México, una obra de construcción no es simplemente un lugar donde se apilan ladrillos y se vierte cemento; es, en realidad, un ecosistema lingüístico único y vibrante. Si llegas a una "chamba" sin saber qué es un "armado", quién es el "media cuchara" o por qué todos guardan un respeto casi religioso al "maistro", estarás irremediablemente perdido en la mezcla. Como profesor de gramática, me fascina cómo el lenguaje se adapta a la necesidad. En las calles de Chilpancingo o en las colonias populares de la CDMX, el albañil ha creado un idioma propio que combina técnica, ingenio y una buena dosis de picardía mexicana. Es un código que separa a los novatos de los verdaderos profesionales del concreto.