La vida de un chilango en provincia: recuerdos y experiencias
En una maƱana frĆa, mis pies de adolescente, enfundados en zapatos gastados, pisaron el suelo hĆŗmedo del mercado de la RaĆŗl Romero de Neza, al tiempo que el olor a cilantro y otras hierbas se metĆa en mi olfato; el frĆo lo sentĆa mĆ”s filoso, quizĆ” por el calor seco que habĆa dejado atrĆ”s un dĆa antes en mi terruƱo, ubicado en la Costa Chica.
“Esto es el defe, Javi”, me habĆa dicho mi hermano luego que salimos de la Terminal del Sur. Y yo, asombrado, veĆa las hileras de coches que bufaban en el asfalto. Y la expectación se me subió a los ojos y en la congoja cuando el gentĆo a tropel me introdujo en el vagón del Metro. Era sin duda diferente la vida en el defe, en chilangolandia, muy aprisa, como si a la gente se le echaran a correr los minutos. Y a la fecha asĆ continĆŗa.
Y lo comprobĆ© apenas; treinta aƱos despuĆ©s no sĆ© porque recordĆ© esa primera vez que pisĆ© la ajetreada ciudad donde vivĆ mĆ”s de 40 aƱos; quizĆ” fue porque volvĆ a ver con ojos asombrados esos tropeles del gentĆo que corrĆa para alcanzar el vagón del metro. Me acordĆ© de las vacas que corrĆan asustadas cuando mi perrito pinto les ladraba; pero acĆ” en la ciudad no habĆa perros ni vacas corriendo, era yo mismo junto con otros que creĆamos que los minutos se hacĆan chicos para llegar a tiempo al trabajo.
Y desde los inicios los modos presusorosos del defe me alcanzaron. Y con esas prisas de la urbe, la ciudad se metió en los ojos. La fui conociendo en los trayectos a la secundaria y despuĆ©s a la prepa y a la universidad, y tambiĆ©n en las idas al trabajo desde Neza hasta el defe; y en los recorridos por la Merced, donde las damas metidas en diminutos vestidos o yins, recargadas en los escaparates ofrecĆan sus servicios Ćntimos; y en, Garibaldi, Tepito, Lagunilla y la Candelaria, donde los merolicos con sus chistes leperos, arrancaban la risotada a la muchedumbre a su alrededor, y despuĆ©s le encajaban que el jabón pa’ los hongos de los pies, que el champĆŗ para crecer el cabello, que el amuleto de la buena suerte; y en los trayectos y estancias en la Cineteca Nacional, a donde concurrĆan los estudiantes con ganas de sorber el conocimiento a travĆ©s del cine de arte; y en el barullo de los cines de barriada de la Merced, el Eje Central y otros lugares cĆ©ntricos de la urbe capital, donde no faltaban los chiflidos recordĆ”ndole la progenitora al cĆ”caro, ya porque no empezaba a tiempo la pelĆcula, ya porque a veces aparecĆan rayas en la pantalla.
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| Yo, Javi Torres. |
AsĆ, en esos recorridos, la ciudad me inculcó su acento, las prisas, la desconfianza, pero tambiĆ©n me mostró sus historias, sus hechos cotidianos, sus anĆ©cdotas; me mostró la gandallez y la peculiaridad de los chilangos, mote con el que veces me identifican ahora en Chilpancingo.
Al mismo tiempo que las calles me mostraron la vida chilanga, las aulas universitarias me exponĆan, entre otros temas, los anĆ”lisis del comportamiento de la sociedad, del papel de los medios de comunicación masiva al servicio de la clase gobernante; y mientras las lecturas de los teóricos de la información me quitaban horas, en los pocos ratos libres que tenĆa, en la mĆ”quina de escribir Olivetti, animados por esas vivencias de la calle y la imaginación, empezaron a caminar los relatos, varios de los cuales aparecieron impresos en suplementos literarios de diarios del defe.
Y asĆ, aporreando las teclas de la Olivetti, y desvelado por las lecturas de los teóricos de la comunicación, en revistas marginales primero, y en suplementos de periódicos despuĆ©s, se publicaban entrevistas y reportajes que realizaba con escritores, un poco para completar el dinero para el sustento diario, y otro poco por el ego (“por el vedetismo del periodismo”, dirĆa Gustavo GarcĆa, uno de mis maestros de la Universidad Autónoma Metropolitana).
Y en esa Ć©poca juvenil, de los desvelos frente a la Olivetti, tratando de que a los personajes no se les escapara la verosimilitud; en ese tiempo de estudio hasta la madrugada tratando de entender a MartĆn Barbero o a Umberto Eco, y otros teóricos de la comunicación masiva; en esos dĆas del ayer, tambiĆ©n habĆa tiempo para las tertulias literarias en la colonia Guerrero, ubicada mero en el centro del defe.
De noche eran los encuentros. De noche, el vagón del metro Guerrero me escupĆa a la calle. Y yo, con mi greƱa bamboleando, morral al hombro, caminaba, precavido por ese barrio bravo, hasta llegar a la casa de HĆ©ctor, un tipo bonachón, de lentes. AllĆ convergĆamos varios chavales (unos ya no tanto, ja), donde, mientras tomĆ”bamos cafĆ©, leĆamos nuestros cuentos o poemas.
Eran encuentros de periodistas y literatos en ciernes, en casa de HĆ©ctor. Carlos Ramón Morales, aĆŗn no publicaba; los hermanos Gabriel y David RodrĆguez, daban sus pininos en el periodismo. Claudia nos deleitaba con sus narraciones surrealistas.
Eran los tiempos de la utopĆas.
Pero el tiempo avanzó, sin misericordia. DespuĆ©s de muchos desvelos por tantas lecturas sobre el poder de los medios de comunicación para moldear gustos, modas e inducir al consumo inecesario, la Ć©poca de la licenciatura terminó para mĆ.
Y en esa Ć©poca juvenil, de los desvelos frente a la Olivetti, tratando de que a los personajes no se les escapara la verosimilitud; en ese tiempo de estudio hasta la madrugada tratando de entender a MartĆn Barbero o a Umberto Eco, y otros teóricos de la comunicación masiva; en esos dĆas del ayer, tambiĆ©n habĆa tiempo para las tertulias literarias en la colonia Guerrero, ubicada mero en el centro del defe.
De noche eran los encuentros. De noche, el vagón del metro Guerrero me escupĆa a la calle. Y yo, con mi greƱa bamboleando, morral al hombro, caminaba, precavido por ese barrio bravo, hasta llegar a la casa de HĆ©ctor, un tipo bonachón, de lentes. AllĆ convergĆamos varios chavales (unos ya no tanto, ja), donde, mientras tomĆ”bamos cafĆ©, leĆamos nuestros cuentos o poemas.
Eran encuentros de periodistas y literatos en ciernes, en casa de HĆ©ctor. Carlos Ramón Morales, aĆŗn no publicaba; los hermanos Gabriel y David RodrĆguez, daban sus pininos en el periodismo. Claudia nos deleitaba con sus narraciones surrealistas.
Eran los tiempos de la utopĆas.
Pero el tiempo avanzó, sin misericordia. DespuĆ©s de muchos desvelos por tantas lecturas sobre el poder de los medios de comunicación para moldear gustos, modas e inducir al consumo inecesario, la Ć©poca de la licenciatura terminó para mĆ.
Y, al concluir los estudios universitarios de comunicación, al diarismo fui a parar, en cuya prĆ”ctica los nervios empujan el sudor a las manos del reportero novato, mĆ”xime cuando ya faltan minutos de espera para entregar la nota radiofónica y periodĆstica, y otros informadores ya estĆ”n transmitiendo en vivo para la televisión o la radio la nota que se generaba en la tribuna o en los vericuetos de la CĆ”mara de Diputados federal.
Y despuĆ©s, quizĆ” cuatro aƱos mĆ”s tarde, a la labor reporteril pero ahora como corresponsal de Liberación, un diario mexiquense de vida efĆmera…
La vida en la urbe de hierro, con sus prisas me cautivaba; pero por motivos repentinos, mis pasos llegaron a Chilpancingo. Y aquello, todo aquello quedó atrĆ”s. Y ahora iniciar de nuevo, a buscar el sustento. Y a subemplearse. Y a viajar por pueblos guerrerenses; a conocer sus costumbres; a asombrarse con las danzas mezcla del catolicismo espaƱol y la religiosidad prehispĆ”nica; a pasmarse aĆŗn mĆ”s cuando uno se percata que esos ritos derivados del sincretismo religioso se vislumbran en las caminatas de los egresados de la Universidad Autónoma de Guerrero, que recorren los pasillos del campus universitario y se desbordan hasta las calles aledaƱas. Y quizĆ” ese asombro en mĆ, por lo religioso exacerbado de los pueblos guerrerenses me llevó a un posgrado en historia, a fin de comprender ese fervor religioso.
Al mismo tiempo del trabajo, y del estudio académico, fui conociendo la peculiaridad y las historias de la gente guerrerense. Fui entendiendo sus festividades, sus rituales...Esas historias de Chilpancingo y sus alrededores, asà como las del defe y Ôrea circundante, las cuento en este blog.

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